Fósforo UNAM. Revista digital de crítica cinematográfica - Sexto número
20 de abril • HUGO VILLA SMYTHE

Fósforo UNAM. Revista digital de crítica cinematográfica - Sexto número

En la construcción del imaginario que nos dejó el cine nacional del siglo XX, quienes hicieron correr la película blanco y negro por los arrastres de las cámaras entre 1935 y 1955 inventaron -porque no podemos decirle de otro modo-, una identidad nacional que trataba de homogeneizar a un país extraordinariamente diverso, que recién había cerrado un siglo XIX salpicado con alzamientos, revueltas internas e intervenciones extranjeras y que había logrado una apariencia de tranquilidad -que más bien era disfraz de aquella “paz de los sepulcros” porfirista-,  y que venía de otros casi primeros treinta del nuevo siglo bañados en sangre y fuego por una Revolución y su terrible epílogo: La Cristiada.

El cine mexicano nos inventa más o menos siete identidades regionales en las que, muy cómodamente, el régimen posrevolucionario monta también su discurso de pretendida reconciliación nacional. Pero muy pronto, algunas de esas piezas de identidad, a pesar de que estrictamente corresponden a rangos geográficos mucho más amplios, el nombre, sonidos, voces y una idea de Jalisco se enraizaron definitivamente en el imaginario nacional e incluso en el devocionario de las grandes estrellas del cine nacional, que cruzaron por el mundo y conquistaron la pantalla de toda América Latina (aunque a algunas personas en la Cruz del Sur les haya dado por ser Europeas ahora, seguro cantan las de Jorge Negrete cuando se toman un tequila) y, claro, también de Europa, Estados Unidos y, sin olvidarnos nunca de los mariachis del compañero Tito, en su Yugoslavia.

Con esa historia colgada en las alforjas de la silla (charra, por supuesto), el cine en Jalisco siguió cabalgando y muy pronto nos entregó muchas más imágenes, porque, de la mano de un lector feroz y cinéfilo que se llamó Raúl Padilla, y de un cineasta de Aguascalientes (por eso de que el imaginario que le quedó a Jalisco era geográficamente mucho más que de Jalisco, pero Jalisco nunca pierde… y pues ya ven) nació ahí el Festival de Cine en Guadalajara que, cuando solo quedaban la Cineteca Nacional, el IMCINE, Estudios Churubusco, unos cuantos productores, un cine muy maltrecho, el videohome  y el Festival de Cine para Niños y no tan Niños, el FICG sacó la cara y se convirtió en una cita obligada del cine iberoamericano que le dio oxígeno a nuestro cine, que por esos años apenas respiraba. Y el Festival creció y siguió creciendo y hoy es referente y punto de encuentro obligado, no solamente por su estupenda programación, sino porque su equipo piensa siempre en ser un eje articulador de una industria, como lo pensaron desde su concepción quienes lo crearon.

Y ese director de Aguascalientes, Jaime Humberto Hermosillo, organizó talleres de formación de cine, con los que le dio su primera probadita de lo que significaba estar en un set a otros cineastas que luego serían leyenda, pero también él mismo filmó y filmó sin parar, en 35mm, pero también en 16mm y luego, liberándose del aparato industrial, en las primeras cámaras ligerísimas digitales, 17 largometrajes.

Entre los jaliscienses a los que Jaime Humberto les tiró su primer pase de gol (rojinegro, al fin que estas letras las estoy escribiendo yo) está Guillermo del Toro, de cuya carrera no bastarían todas las letras de este número y de varios más para escribir, así que sea suficiente con reseñar que, además de un cineasta estupendo, ha tenido la virtud de ser generoso y procurar siempre regresar su mirada sobre los que debutan y, de entre esos, ha cuidado a sus paisanos, empujando una sólida comunidad local que destaca, sobre todo, en la especialidad de stop motion (porque si el cine se tiene que producir en comunidad, el de animación multiplica esa necesidad por cien).

Pero este número incluye también una mirada a otro engranaje fundamental de la industria, que es Filma Jalisco. Al tratarse de un estado tan grande y diverso, contar con una comisión de filmaciones que además pueda dar fondos de apoyo a las producciones que vengan a invertir al estado es una gran ventaja y nuestro equipo de redacción charló con Filma Jalisco para saber que implica el trabajo que hacen por su estado.

Finalmente, la síntesis visual del estado es también su síntesis narrativa. Entrar en el universo narrativo de Rulfo es adentrarse en esa inmensidad de imágenes, sonidos, emociones y recuerdos que representan la mexicanidad. Y el artículo que podrán leer en este número nos lleva a perdernos un poco por ese espacio de brillos deslumbrantes que es el llano grande jalisciense de Rulfo.

Seguro lo disfrutarán y se perderán con nosotros en la inmensidad del cine jalisciense.