Hasta hace unos meses, por increíble que parezca, jamás había escuchado sobre el Festival de Rock y Ruedas de Avándaro, de su mito y su importancia. Confesarlo quizá no sea el mejor recurso en un texto crítico sobre una película que pretende narrar sus hechos. Pero, como alguna vez dijo el escritor estadounidense Thomas Pynchon, a propósito de los tropiezos cometidos en sus inicios literarios: “debemos ser capaces de familiarizarnos con nuestra ignorancia para no perder la oportunidad de contar un buen relato”. Así que esta es una historia hecha de cosas oídas al paso, rumores, desconocimiento y sospechas, tal como ocurrió aquel septiembre de 1971.
Consternado ante ese hueco en mi cultura general, decidí preguntar a amigos y conocidos qué tanto sabían de Avándaro. Algunos estaban en igualdad de condiciones conmigo, pero la gran mayoría conocía algo: hechos inconexos, anécdotas casi olvidadas y, sobre todo, los titulares sensacionalistas —degenere, mariguaniza, sangre.
Los pocos que parecían saber más —los apasionados de la música, por supuesto— tenían una visión glorificada del evento: que si había sido una manifestación política (lo fue, pero no como un movimiento contracultural planificado), que si el ejército arremetió contra las bandas, que si fue una respuesta directa a la censura sufrida por la juventud en los años anteriores. Lo cierto es que, en el imaginario, los acontecimientos siguen siendo difusos e inexactos, y eso, en parte, ha contribuido a que adquiera su carácter de leyenda. Lo cual abre muchas interrogantes a la hora de pensar cómo se cuenta su relato, ya sea de boca en boca o a través de una ficción cinematográfica, tal como sucede en Autos, mota y rocanrol (2025).
I
A lo largo de una filmografía versátil y contradictoria, José Manuel Cravioto ha dirigido, con particular interés, historias centradas en las minucias de sucesos instalados, de una u otra forma, en la memoria del pasado mexicano. La ficción que ancla con fascinación su argumento en la realidad más cercana suele aproximarse, sin demasiado miramiento, a la práctica del voyeurismo: ese deseo de entrar en la mente de sus personajes, desentrañar sus deseos y contradicciones, conocer su trama secreta.
Así, en Mexican Gangster (2015) nos adentramos en los vericuetos del astuto ladrón de bancos y aspirante a cantante Alfredo Ríos Galeana; en Olimpia (2018), en el furor y desencanto de la generación del 68; o, en Corazonada (2022), en la audacia de un grupo de funcionarios que, para lograr el “mexican dream”, estuvieron dispuestos a planificar, a ojos del país entero, un fraude a la Lotería Nacional. Todos estos relatos buscan revelar aquello que, en los titulares, nunca se esclarece: un misterio que vale la pena resolver.
¿Qué hay, pues, por resolver en Avándaro? Para Cravioto, es la ambición de dos amigos entrañables que, dispuestos a todo, quieren cumplir el sueño el uno del otro. Por una parte, Eduardo López Negrete, “El Negro” —interpretado brillantemente por Alejandro Speitzer—, busca convertir su afición por las carreras de autos en una ocupación profesional. Por la otra, el futuro dirigente de la Federación Mexicana de Futbol, Justino Compeán —aquí interpretado con audacia por Emiliano Zurita, galardonado con la Mejor Interpretación Masculina en el FICG 2025—, se propone concretar un gran negocio que demuestre sus habilidades como administrador y su capacidad para ser algo más de lo que, hasta el momento, le han permitido ser.

Los amigos, presentados como un dúo cómico, sufren, en este relato contado como falso documental, todo tipo de desavenencias al buscar un poco de reconocimiento y dignidad que, aun con sus privilegios, no parecen encontrar en ninguno de los ámbitos donde se desenvuelven. La contraposición entre el entusiasmo casi ciego con el que “El Negro” habla de las carreras y busca impulsar el automovilismo en el país, y la ingenua desesperación con la que Compeán trata de abarcar la producción de un festival que se le sale de las manos, resulta muy parecida a la vida misma: a lo errático de ciertas ambiciones, a la falta de rigor con la que ejecutamos nuestros planes mejor calculados, y a lo poco que solemos considerar sus implicaciones o consecuencias.
Así, sin entender muy bien cómo, nace Avándaro: una carrera de autos —que, al final, no se llevó a cabo— convertida en un festival de música inédito en el país, que marcó a toda una generación como un hito cultural.
Junto a Christian Cueva y Ricardo Farías, sus co-guionistas, Cravioto recrea el relato de ese caótico fin de semana como una victoria pírrica: un triunfo inesperado de comunidad y cercanía que, a causa del ánimo de más de 250 mil asistentes —cuando para el evento se esperaban apenas el diez por ciento de esa cifra—, de todo tipo de procedencias y clases sociales, se convirtió para el gobierno y la prensa en una declaración de intenciones. Esta era clara: la de una juventud corrompida, degenerada, fuera de control, que buscaba desestabilizar el orden más profundo de valores de la sociedad, sin respeto alguno por su moral ni por sus mandatos.
La cámara, sin embargo, intenta contar otra historia. A través de los ojos de Servando (Juan Pablo de Santiago), joven cineasta y estudiante del entonces Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC), contratado por Compeán para registrar el evento, presenciamos los acontecimientos. Con su lente, acecha, y en algunos momentos incluso crea, según las reglas narrativas que más le convencen, la crónica de lo sucedido. Las escenas en las que “dirige” a “El Negro” y a Compeán son espléndidas e hilarantes. El estilo caótico y desenfrenado con el que se presenta la ficción se combina con el valioso material documental de aquellos días, proporcionado por la Filmoteca UNAM, que por fin ve la luz después de tantos años.

Y, al ver esta mezcla de verdad y verosimilitud, de relato e invención, surgen las interrogantes: ¿Qué versión de los hechos nos contamos? ¿Hasta qué punto los imaginarios en los que creemos y resguardamos no son más que una combinación de lo que fue y de lo que queremos que sea? ¿Sigue siendo la ficción nuestro acercamiento más veraz a la historia?
II
Al poco tiempo de suceder, el llamado “Woodstock Mexicano” se convirtió en un hito que, si bien no ha dejado de resonar, ha ido quedando como un hecho aislado y confuso para las generaciones más jóvenes. El rock, que en ese entonces y a causa de lo sucedido sufrió una recesión de más de diez años, hoy no ha dejado de ser relevante, aunque cada vez parezca tener menor importancia para ellas. Sin embargo, la música es y seguirá siendo un reflejo importante de las transformaciones sociales. Para los nostálgicos, esto puede interpretarse como un signo de decadencia, de corrupción de las mentes, de desestabilización de valores que quizá debieron haberse preservado. Como en aquel entonces. Pero también es evidente que esto abre otras posibilidades.
Avándaro fue el sueño de un negocio y, al despertar, la realidad no siempre es lo que imaginamos. También se fractura. Las ilusiones del “Negro” y Compeán hoy resuenan como un acontecimiento que auguraba una revolución o un nuevo paradigma difícil de comprender por la polarización que provocaba. ¿Se puede decir lo mismo ahora? ¿Puede su recuerdo provocar la emoción y el éxtasis de aquel entonces si aún muchos, como yo, lo ignoramos? ¿Una película vendida como una “comedia de desastres” es capaz de invocar ese espíritu en las nuevas generaciones? ¿Qué tanto resuena el cine mexicano en la juventud de hoy?
Las ficciones de Cravioto siempre se han movido a medio camino entre el cine de autor y el cine de corte comercial, sin una distinción muy marcada entre uno y otro, como impreciso y fragmentado es el Avándaro del imaginario colectivo. Suena quizá imprudente decirlo, pero me cuesta imaginar que algo de todo esto pueda convertirse en un verdadero acontecimiento, que Autos, mota y rocanrol (2025) inaugure una nueva ola de contracultura o que, al menos, despierte la curiosidad hippie y rocanrolera en las generaciones más jóvenes. Pero pensar así sería, quizá, no querer ver más allá de mis propias preconcepciones. Porque, tal y como les sucedió a “El Negro” y Compeán, la realidad siempre encuentra nuevas formas de sorprendernos.
Agradezco profundamente a Lore, Alex, Yafte, Parvi, Dilan, Arybett, Lavi, Abraham, Charlotte, Armando, July, Oskar, Tristán, Vicente, Tania, Ruy, Valeka, Betso y Néstor por tomarse el tiempo de responder mis inquietudes respecto a este texto.

Autos, mota y rocanrol (México, 2025)
Dirección: José Manuel Cravioto
Reparto: Alejandro Speitzer, Emiliano Zurita, Ianis Guerrero, Ruy Senderos, Juan Pablo de Santiago
Guión: Christian Cueva, Ricardo Farías, José Manuel Cravioto
Fotografía: Diego Tenorio
Duración: 94 minutos
César Mariano Martínez
Carrera y facultad: Facultad de Artes y Diseño
Una semblanza breve: Con más de siete años de experiencia en fotografía y video, así como entusiasta del cine, teatro y literatura, captura historias con visión creativa para inspirar nuevas reflexiones sobre la imagen y explorar los entresijos de las narrativas visuales.

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