Ciudad de muertos, los testigos de la muerte
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“Existen dos tipos de verdades.
Unas son las que les sacas a los vivos.
Las otras son las que les sacas a los muertos.
¿Quién crees que miente más?”

En Ciudad de muertos

La nota roja es uno de los géneros periodísticos más singulares —y polémicos— en México. Macabras crónicas de tragedias cotidianas en las que la violencia, ya sea por azares del destino o producto de siniestras intenciones humanas, se exhibe con crudeza gráfica. Su impacto es inmediato y difícil de ignorar. ¿Quién no se ha detenido alguna vez frente a un kiosko y entre revistas y periódicos termina atrapado en aquellas portadas que parecen respirar muerte, con imágenes estremecedoras y titulares contundentes que anuncian desgracias sin tapujos?   

Enrique Metinides es quizá uno de los fotógrafos más reconocidos de la nota roja. Hijo de inmigrantes griegos en México, comenzó a capturar fotografías desde la niñez con una cámara que le obsequió su padre. Primero fueron instantáneas de las escenas de películas policiacas que acostumbraba ver en el cine, para después retratar accidentes de tránsito e incendios. Sus imágenes llegaron a editores de periódicos quienes, impactados, las publicaron. Por su talento y precocidad fue apodado “El niño”, mote que lo acompañaría en sus casi cincuenta años de trayectoria.

Accidentes automovilísticos, tragedias aéreas, cadáveres insólitos y cicatrices de sismos fueron algunas de las escenas dantescas que retrató Metinides, muchas de las cuales –y tras su muerte en 2022– trascendieron de la nota roja a exposiciones por todo el mundo. Sin embargo, al acercar la mirada a sus placas descubrimos que lo distintivo de sus fotografías no es la tragedia congelada, sino quienes la rodeaban: los mirones. Personas que llegaban a ayudar, víctimas directas o curiosos que no podían apartar la mirada. Un toque que además de crudeza, evidencia el voyeurismo característico de la condición humana. ¿Miramos por el shock o porque la tragedia nos recuerda nuestra mortalidad?

José Manuel Cravioto es un cineasta que a lo largo de su filmografía ha representando diversos episodios del pasado cultural e histórico del país, como Mexican Gangster (2015) sobre Alfredo Ríos Galeana, considerado el mayor ladrón de bancos de México en los años ochenta; Olimpia (2018), un retrato del movimiento estudiantil de 1968 realizado mediante la animación por rotoscopia; Corazonada (2022), inspirada en el fraude millonario del sorteo 2518 de Melate (de la Lotería Nacional) y más recientemente Autos, mota y rocanrol (2025), que explora el Festival de Rock y Ruedas de Avándaro de 1971 —el Woodstock mexicano—. Con guion de él y del escritor Bernardo Esquinca, ahora se inspira en la inquietante vocación de Enrique Metinides para Ciudad de muertos (2026) película que se presenta en la selección oficial del premio Mezcal del Festival Internacional de Cine en Guadalajara 2026. 

Still de la película. Cortesía: Eduardo Cisneros.

El protagonista, también llamado Enrique (un Jero Medina de mirada firme y gestos serios), es un fotoperiodista que captura imágenes de tragedias cotidianas y las vende a periódicos. Un hombre introvertido que vive absorto en su profesión y que apenas tiene amistades, solo un par de colegas y una enigmática adolescente (Alisson Santiago) que muestra un inusual interés por su trabajo. Y no pasa mucho tiempo antes de que Enrique comience a creer que sus fotografías esconden la clave para resolver crímenes del pasado, o que son la llave para entrar a los terrenos de la locura personal. 

En apariencia estamos ante el modelo de thriller psicológico que utiliza la cámara fotográfica como dispositivo narrativo como lo vivimos en La ventana indiscreta (1954) de Alfred Hitchcock o la no menos inquietante Blow-Up (1966), de Michelangelo Antonioni. Sin embargo, la idea va mucho más allá: aquí la figura de Enrique permite explorar también la psique del ser humano, la impotencia ante la muerte y el voyeurismo que caracterizó la obra de Metinides, el otro Enrique.  

En Ciudad de muertos –y gracias al trabajo en la fotografía de Diego Tenorio (Tótem, La Paloma y el Lobo)– la sociedad y la ciudad que habita se perciben en blanco y negro, excepto por el casero cuarto oscuro del fotógrafo, ahí donde la línea entre la vida y la muerte se diluye. La mirada a través de la cámara, dedicada a capturar tragedias, se convierte en un elemento de paranoia. En una escena particular, Enrique confiesa que ha llegado a soñar con lugares donde posteriormente aparece para tomar fotografías: ¿Pueden las largas jornadas de un oficio tan excéntrico perturbar el espíritu? No hay duda. Pero el impacto no se limita únicamente al testigo directo, sino que alcanza también al espectador. 

En el convulso e hiperconectado mundo que habitamos ya no es necesario mirar la prensa sensacionalista. Pese a la vergüenza y con suma curiosidad, basta con entrar a los medios electrónicos para recibir un bombardeo de contenido que incluye imágenes violentas y tragedias en vivo y en directo con poca o nula sensibilidad. El espectador se adentra para interactuar con lo que observa. Será más difícil apartar la mirada y sentirá que debería hacer algo para detener la pesadilla, pero existe una barrera: la impotencia.

Still de la película. Cortesía: Eduardo Cisneros.

En el documental sobre el trabajo de Metinides, El hombre que vio demasiado (2015) de Trisha Ziff, el propio Enrique declaró que contribuyó a la creación de claves radiales de la Cruz Roja, lo que le facilitaba llegar con prontitud al lugar de los hechos. Lejos del estereotipo de la nota roja como ejercicio amarillista y la banalización de la desgracia, Metinides sostuvo que nunca pretendió hacer apología a las tragedias que fotografiaba. Al contrario, era consciente de la gravedad de estas y del peligro al que se exponía, al punto de considerar abandonar su profesión en más de una ocasión. 

En ese sentido podemos tomar a Ciudad de muertos como un reflejo incómodo de la actitud de la audiencia ante la violencia gráfica: quienes la consumen y quien la captura se encuentran en un dilema ético al participar en la circulación de ésta: “¿Con mirones o sin mirones?”, se debate el editor de Enrique para elegir la foto que ilustrará la portada de su periódico, tras el vaticinio (“con mirones”) que ante esa eventualidad había lanzado la adolescente aprendiz de fotógrafa que lo acompaña.

La repetición constante de estas imágenes —sea en la nota roja o en el actual mundo digital— termina generando insensibilidad al horror. La cámara fotográfica no se limita a registrar y transmitir, también cuestiona nuestra mirada y nuestra curiosidad. No se trata únicamente del impacto que genera ver una muerte de cerca, sino qué tan acostumbrados estamos a verla.

Enrique Metinides era el fotógrafo que captura las tragedias que ocurren día a día —quizá por crueles bromas del destino o por una siniestra casualidad—, pero somos nosotros quienes las consumimos. Ciudad de muertos –más que un thriller psicológico en clara conexión con el noir mexicano contemporáneo– termina por ser la excusa perfecta para reflexionar sobre nuestra relación con la violencia. En una era que satura nuestra mirada de imágenes crudas y gráficas, el verdadero peligro no es nuestra curiosidad por la muerte, sino cómo nos acostumbramos al horror. Así, la cámara de Enrique deja de ser un silencioso testigo y se convierte en el espejo que nos obliga a preguntarnos hasta qué punto contribuimos a ese tenebroso espectáculo… ¿O acaso ya somos parte de él?

JM Cravioto, director de Ciudad de muertos.
Ficha técnica:

Ciudad de muertos
(México, 2026)
Dirección: José Manuel Cravioto
Reparto: Jero Medina, Gustavo Sánchez Parra, Gerardo Trejoluna, Alisson Santiago
Guion: Bernardo Esquinca, José Manuel Cravioto
Fotografía: Diego Tenorio
Duración: 103 minutos

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