Don Venancio y sus bisnietos
09 junio, 2026 por Marcos González - Epicentro -
8 minutos de lectura

En los días del Mundial de Fútbol 2026, es imposible sustraerse del tema. En Fósforo UNAM quisimos y queremos tocar desde los ángulos del cine a uno de los deportes más populares del planeta. Por esa razón, la sección Epicentro que en cada edición pone en foco los festivales de cine que tanta vida nos dan, en este número siete, dimos esa posición al fútbol. Esa es la razón del brillante texto que aquí entrega Marcos González. Que lo disfruten

 

La bola me agarró de su balón.
Guillermo Briseño. El túnel 29.

Sobrevivir a esta hecatombe de cuerpos, conquista e ideales…
Chris Marker. Soy México.

¿A quién le reza usted, hermano mexicano, en sus horas de angustia frente al espejo? ¿Al patriarca alucinado o al loquito del barrio? Señalemos la cara de la moneda que queremos en nuestro próximo volado. Elijamos bien nuestras palizas.

Ciudad de México, 1944. Venancio ha llegado a escondidas al partido. Rechazó la invitación de sus hijos, pero sucumbió a la tentación. Odia el fútbol. Él mismo ha echado de casa al varón de en medio por negarse a atender el comercio familiar y, en cambio, soñar con una carrera de futbolista. ¡Es el colmo! En la tribuna preferencial lo rodean los miembros de la burguesía española de la capital. Él mismo es asturiano. Viudo. Padre de cinco. Quisiera estar con ellos ahora, pero el orgullo le carcome.

En la tribuna del Asturias profesan menosprecio por los mexicanos de la escuadra rival. Justifican su soberbia por, dicen, haber importado ellos el deporte inglés. En las filas de su conjunto, por supuesto, solo juegan atletas ibéricos. Cerrados también al mundo desde su parte del campo.

En el estadio abarrotado se disputa la final del torneo. A nivel de gradas se libra una batalla más: el estruendoso intercambio de porras y abucheos. La ventaja la lleva el público rival. Su escuadra: el Atlante, conocido como “el equipo del pueblo”. Por miles, la afición celebra el nombre de su máximo goleador. “¡Horacio!, ¡Horacio!”. El joven en la cancha (interpretado por el entonces ídolo del fútbol Horacio Casarín) es hijo de Don Venancio. En este graderío, poblado por la clase trabajadora, sus hermanos piden a gritos la victoria. Mientras, Venancio debe tragarse el coraje de pasar el partido en la tribuna que lastima su orgullo paterno. No puede evitar sentir un gran honor por el talento de su hijo. Lo defiende ante las ofensas del público que le rodea.

Horacio marca el gol del empate, y él no esconde su gran entusiasmo. Pero el partido es tenso. A pocos minutos del silbatazo final, el goleador del Atlante toma vuelo para hacer una jugada de gol, pero un brutal golpe, ¡falta del jugador adversario!, lo abate. Intenta levantarse, pero el cuerpo no le da. Venancio corre en su auxilio. Horacio escucha a su padre gritarle entre el público. Es el ánimo que necesita para erguirse y salvar el partido. Se levanta y anota el gol que lleva al triunfo al Atlante.

Horacio (interpretado por el futbolista Horacio Casarín), uno de los hijos de don Venancio. Cortesía: Centro de Documentación Filmoteca UNAM.

Joaquín Pardavé, responsable de la dirección de esta película, adaptó el guión basándose en la producción argentina Los tres berretines (1933) para crear Los hijos de don Venancio (1944). El bigotudo guanajuatense es también el actor que interpreta al asturiano Venancio. La película es la primera representación del fútbol en el cine nacional. La secuencia deportiva expresa el momento climático de la reconciliación del padre con su propia sangre. Pardavé aísla gradas y campo de juego como principales espacios de la acción y los pone en conflicto dinámico. El montaje sigue el principio más básico de edición: el plano de imagen seguido del opuesto correspondiente, el contraplano. Esto parecería una obviedad. Antes que la ficción, el cine documental ya demandaba intercalar los giros en la cancha de juego con la reacción entusiasta del público.

A Pardavé —uno de los pilares del cine mexicano— le interesa el fútbol en la medida que revela las contradicciones que interpelan a sus protagonistas: el drama deportivo condensa puntualmente el drama familiar. Poco importa, en lo técnico, que la pesada cámara batalle con seguir el pulso ágil de los atletas. O que la edición entorpezca la emoción del remate con la portería. La pregunta dramática no reside en el marcador del partido. Se preocupa por disipar la tensión entre las gradas con el campo de juego, en restablecer la concordia entre los protagonistas.

Con la puesta en escena del fútbol, Pardavé aborda dos temas fundamentales en el cine nacional y de particular importancia en este período clásico, la llamada época de oro: la familia y los conflictos de clase. Temas, por otra parte, que son recurrentes cuando se retoma el fútbol, y que se disputan invariablemente en una trepidante justa deportiva.

La cinta resuelve el conflicto familiar, está claro. Con aires angelicales, el patriarca salvador desciende del palco pequeñoburgués para exigir al hijo restablecer el honor del linaje. Se debe salvar la familia a toda costa. La familia es la mínima célula que preserva la identidad nacional. Y en el período posrevolucionario conservar la identidad es una urgencia capital. De manera que el drama familiar siempre toca irremediablemente lo mexicano. Al caso, el fútbol en lo mexicano: pensando de nuevo en el filme, no queda claro si el conflicto de clase se soluciona.

Con el silbatazo final, la bulla victoriosa del Atlante carga en hombros a Horacio y convierte la cancha del Asturias en un inmenso festejo. Eso indigna a la tribuna española, quienes insultan al campeón provocando que Venancio desate una trifulca campal. Mientras tanto, otro hermano de Horacio se da de trompadas con los atlantistas nada más por un capricho de adrenalina. El estadio desborda de caos. Esta expresión en donde conviven el desahogo, la diversión, la libertad, el exceso y la violencia, es el vivo retrato de otro motivo típico mexicano: el desmadre. En Los hijos de Don Venancio el relajo se desarrolla después de la justa futbolística. Es un tanto incidental.

En primer plano, Rafael Banquells, Marina Herrera, Joaquín Pardavé y Alfredo Varela en Los hijos de don Venancio (1944). Cortesía: Centro de Documentación Filmoteca UNAM.

Consideremos brevemente otra secuencia de fútbol, de orden inverso, en donde el desmadre irrumpe en la cancha para generar el caos que, finalmente, conduce a la victoria en el marcador y cohesiona a la familia. Un jugador entra al partido, tambaleándose como borracho. Se hace pasar por el famoso futbolista apodado “El Carioca”. Pero este farsante —que apenas puede sostenerse— huye despavorido del balón a cada pase. Entonces le llueven pelotazos. Martirizado, resbala sobre un tanque de concreto fresco que, ingeniosamente, convierte su pie en una bota de escayola con la que, rebotando la pelota con fuerza, anota el gol que decide el partido. El premio de la victoria lo acercará con su interés amoroso y le dará la confianza con su futuro suegro. La escena pertenece a El vividor (1956), protagonizada por Germán Valdés “Tin Tan”. El cómico, en este caso, está lejos de tener las funciones del patriarca. Poco le importa salvar a la familia. Y sin embargo, lo logra. El desmadre tiene esa contradicción: operar con una profunda anarquía, violencia incluso, y sin embargo brindarnos cohesión. 

¿A qué le tiras cuando filmas, mexicano? El fútbol será en el cine nacional un fértil terreno de juego para disputar las complejidades del carácter tricolor. Ritual de entrega para contender por la unión familiar. Graderío multitudinario de tensiones sociales. Disparo de galantería y consecuentes rubores. Pista de baile para el carismático hombre de barrio. Palco de honor para intereses corporativos, jugadas de mercado y cameos estelares. Banquillo para los distintos tonos de la misoginia. Moneda en el aire entre la línea de gol y la resignación derrotista. Altavoz emocional de frecuencias radiofónicas, televisivas y galácticas. Tanda de penales para definir el orgullo identitario. Escala de planos del relajo colectivo. ¿Y dónde colocar la cámara en ese instante? Cuando la piel encrespada recuerda el oleaje de una multitud, agitada ante el vértigo de la catástrofe o el milagro.

En los polos del desmadre, el patriarca debe estar dispuesto a propinar golpes. Mientras que el cómico debe estar dispuesto a recibirlos. Motivos, claro, que apelan a lo varonil y masculino. En la actualidad, el tirano patriarca no es una preocupación del cine mexicano. Tampoco se le extraña. Reivindiquemos el desmadre como motivo de nuestra filmografía. Perderlo nos priva de importantes expresiones del gozo.

Revisen aquí una lista con las películas mexicanas relativas al fútbol, elaborada por Marcos González.

Atliano Valadez y Ana Dávila, interpretados por Germán Valdés “Tin Tan” y Martha Mijares, respectivamente, en El vividor (1956). Cortesía: Centro de Documentación Filmoteca UNAM.
Ficha técnica:

Los hijos de don Venancio
(México, 1944)
Dirige: Joaquín Pardavé
Actúan: Joaquín Pardavé, Alfredo Varela, Horacio Casarín, Alicia Ravel
Guion: Joaquín Pardavé
Fotografía: Víctor Herrera
Duración: 102 minutos.

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