Recientemente, la primera película de animación cuadro por cuadro 100% mexicana, Soy Frankelda, dirigida por Arturo y Rodolfo Ambriz, se colocó en el top 5 de películas mexicanas más taquilleras de 2025, e incluso logró superar en número de espectadores a otras películas de animación de talla internacional, como la japonesa Chainsaw Man- la película: El arco de Reze, a la que Frankelda rebasó (a mediados de noviembre de 2025) con sus más de 700 mil espectadores y una recaudación de 42 millones de pesos.
El éxito de Soy Frankelda no es gratuito. Los realizadores consiguieron atraer al público, posicionándose con vigor, y a pocos días de su estreno, por ser el primer largometraje de animación cuadro por cuadro del cine mexicano. Alejándonos de lecturas patrióticas y nacionalistas, hay algo de gran importancia en la manera en la que se ha intentado resaltar a Frankelda como una producción “orgullosamente mexicana”.
Aunque nadie está obligado a ver cine nacional, es evidente que actualmente muchos espectadores desestiman al cine mexicano por prejuicio o simple desconocimiento. Se le acusa de repetitivo o carente de propuestas, cuando en realidad gran parte de esa percepción proviene de desconocer la historia del cine de nuestro país. Un ejemplo claro de ese olvido es El corazón y la espada (1953), la primera película mexicana realizada en 3D, cuya existencia muchos no tienen registrada y que demuestra que, así como Soy Frankelda empuja los límites del cine de animación nacional, el cine mexicano ha intentado innovar desde hace décadas.
La Filmoteca de la UNAM está lista para programar en sus salas El corazón y la espada y sanar en algo ese inexplicable desconocimiento de nuestro cine. Resulta que la película no es nueva y está inscrita, temporalmente, al final de la muy famosa Época de oro del cine mexicano, pues la película se estrenó en 1953 y fue dirigida por Edward Dein y Carlos Véjar Jr.
El cine en tercera dimensión es tan viejo como el cine mismo. La tecnología estereoscópica, responsable de engañar a nuestro cerebro para percibir las imágenes con profundidad en tres dimensiones, ya existía antes del nacimiento del cine como arte. No debería extrañar que desde sus inicios se buscara cómo incorporar ésta tecnología en las películas. No fue sino hasta la década de 1950, con el estreno de Bwana, el diablo de la selva (Robert Clampett y Arch Oboler, 1952), considerada la primera película a color en 3D, que comenzó un boom o una cierta era dorada para el cine en tercera dimensión. Ahí se inserta El corazón y la espada.
Aunque la trama es relativamente sencilla, los nombres en su reparto no son cualquier cosa. Situada en Granada, en la España musulmana (Al-Ándaluz) de 1492, la historia, caballeresca en esencia, sigue a dos amigos espadachines: Don Pedro de Rivera, interpretado por César Romero, y Juan Ponce de León, interpretado por Tito Junco, quienes se infiltran en un castillo ocupado por un califa (interpretado por Víctor Alcocer). El primer espadachín busca recuperar su herencia –el castillo–, y el segundo quiere robar “la Rosa de Granada”, una joya preciosa que contiene la eterna juventud. En el castillo se encuentran con otros dos personajes: el Padre Angélico, (Miguel Ángel Ferriz) a quien tienen secuestrado, y Lolita (doña Katy Jurado) quien, disfrazada de hombre, busca robar la receta para hacer oro del alquimista del califa y asegurar su futuro. Juntos formarán un equipo para derrotar al califa y su ejército, liberando de paso a la princesa destinada a casarse con él (nada menos que Rebeca Iturbide).

Llena de secuencias de acción sumamente divertidas, una historia de amor enemies-to-lovers tan graciosa como enternecedora, diálogos sobre el compañerismo y el trabajo en equipo, así como un viaje heroico en toda regla que anima el espíritu, El corazón y la espada se muestra evidentemente ante los espectadores como una película que busca entretenerlos y maravillarlos. Un hombre lanza fuego a la cámara en una fiesta del califa, los personajes arrojan sus espadas el uno al otro durante las peleas, ellos mismos se precipitan hacia el público exprimiendo las posibilidades de la tercera dimensión, los planos americanos y las secuencias de persecución revelan, en conjunto, que la película está diseñada para una inmersión completa y total del espectador.
Tuve la oportunidad de revisar El corazón y la espada en toda su dimensión y, a pesar de su agilidad y dinamismo a lo largo de sus 80 minutos de duración, no pude alejarme de una idea: ¿Cómo debió ser apreciarla en pantalla grande a mediados del siglo pasado? Cientos de personas reunidas en una gran sala oscura, listas para rendirse ante un hito en el cine mexicano que les ofrecía una experiencia diferente a todo lo antes visto, ¿Qué conversaron después de verla? ¿Cambió su forma de ver el cine?

Proyecciones como la que llevará a cabo la Filmoteca de la UNAM de El corazón y la espada (en conmemoración del Día Internacional del Cine 3D) son un regalo para la memoria pasada y futura. En una época en la que estamos rodeados de pantallas todo el tiempo, los métodos para entretenernos son cada vez más extremos y violentos, y la tecnología ha avanzado a tal grado que es difícil sorprenderse ante hazañas artísticas o científicas. Acercarnos de esta manera al cine antiguo quizás puede ayudarnos a recuperar un poco de ese fuego que ardía en los corazones de los espectadores ante la evolución de una disciplina artística, y presenciar la magia de la conmoción colectiva que sólo en una sala de cine se puede materializar.
Conocer a las películas que ayudaron a forjar nuestro cine quizás nos puede ayudar a recuperar ese espíritu hambriento y expectante, emocionado y abierto, listo para ver todo lo nuevo que nuestro país tiene para ofrecer, listo para experimentar todas las primeras veces que nos quedan por vivir dentro de nuestro cine, nuestro arte, nuestra historia. Porque en el arte las primeras veces no son exclusivas de la presentación de una obra, se alargan en el tiempo para que personas, años después y frente a ellas, gocen a su forma ese primer encuentro que quedará, seguro, inserto en nuestra memoria.
Si de paso salvamos a la princesa, todo mundo sale ganando.
El corazón y la espada (México, 1953)
Dirección: Edward Dein, Carlos Véjar Jr.
Reparto: Cesar Romero, Katy Jurado, Rebeca Iturbide, Tito Junco, Miguel Ángel Ferriz, Fernando Casanova
Guión: Mildred Dein, Edward Dein
Fotografía: Enrique Wallace
Duración: 80 minutos.
Nataly Olascoaga Hernández
Crítica cinematográfica con un enfoque que cruza la pasión por el cine, la investigación académica y la creación literaria. Ha incursionado en diversos géneros literarios como parte de proyectos personales y académicos, como la poesía y el cuento.

felicidades Nataly, excelente trabajo👌,me encanta tu critica, la narrativa ,la forma que desarrollas,que transmites y haces querer ver las peliculas del cine mexicano sobre todo a los jovenes que en su mayoria no conocen el cine de la epoca de oro, un gusto leerte. saludos.👏👏