El miedo no es algo que venga del más allá; el miedo verdadero es el que habita en el más acá, atrapado en las paredes de lo que llamamos hogar.
Carlos Enrique Taboada
El cine de terror nacional nunca ha sido valorado como merece… Y debería extrañarnos. Durante su Época de Oro, directores como Juan Bustillo Oro, Chano Urueta y posteriormente Carlos Enrique Taboada y Juan López Moctezuma, establecieron cimientos impresionantes: un cine profundamente psicológico, sofisticado y adelantado a su época. Sin embargo, siempre con excepciones, las décadas posteriores trajeron una larga temporada de producciones de bajo presupuesto —las llamadas serie B— que transportaron la credibilidad del género a su punto más bajo. No fue sino hasta el siglo XXI que el terror mexicano comenzó a recuperar su imagen gracias al trabajo de directores como Guillermo del Toro o Lex Ortega en el cine independiente, este último surgido precisamente del festival Macabro.
Pero este texto no busca explicar por qué nos gusta el terror, ya que para eso se necesitaría una tesis completa. Hoy solo quiero hablar de una película que continúa con esa épica tarea: reivindicar el cine nacional de terror.
Me refiero a Casa 12 (2026), dirigida por Carlos Poblano, cineasta independiente de la escena oaxaqueña que compite en el Festival Macabro 2026. Un thriller psicológico en blanco y negro que nos presenta a Pablo (José Ángel Bichir), un productor de audio con una fascinación perturbadora por sus vecinos, que poco a poco se ve envuelto en una sinfonía de apariciones nocturnas y una melodía misteriosa, hasta que la línea entre realidad, sueños y recuerdos desaparece para dejar que todo se mezcle en un mundo irreconocible. A diferencia del horror clásico de Hollywood —que suele enfocarse en monstruos físicos externos— Casa 12 entiende y ejercita algo que el terror fundacional mexicano ya conocía décadas atrás: el verdadero monstruo no tiene garras… Tiene memoria.

En los últimos años el terror se ha visto dominado por el aparato cinematográfico norteamericano con franquicias como El conjuro de James Wan o productos llegados de la casa productora A24. Aparecieron demonios hiperproducidos al lado de una intelectualización del miedo a través de las relaciones interpersonales en películas como Hereditary (2018) o Midsommar (2019). El mercado también fue un campo de disputa con el cine asiático, que conecta más con las creencias populares: rituales, amuletos, leyendas.
En México, por nuestra parte, también somos de costumbres y rituales. Ello explica en parte el apego a películas como Exhuma (2024), Ringu (1998), Noroi (2005) y The Medium (2021), que nos atrapan con facilidad desconcertante. Sin embargo, en medio de este torrente de fantasmas sanguinarios y venganzas interdimensionales, el cine nacional se toma una pausa y regresa muy seguido a sus orígenes para apostar por una introspección radical.
De esos valientes intervalos nacen proyectos como Casa 12, que decide no buscar rituales asiáticos ni sectas nórdicas, sino encerrarnos en atmósferas de grises platinados donde la cotidianidad es el espacio del suspenso. Su decisión nos devuelve de golpe a los cimientos que muchos artistas construyeron.
En algún momento de la anécdota vemos a Pablo observar obsesivamente a su vecina a través de la ventana, y esos encuadres evocan el delirio subjetivo de Dos monjes (1934), en la que el director Juan Bustillo Oro entendió que el verdadero horror nace de la mirada y del deseo que no se puede nombrar. El triángulo amoroso que se teje en Casa 12, dialoga con El fantasma del convento (1934) de Fernando de Fuentes: el deseo reprimido genera una presencia que parece sobrenatural pero que tiene raíz completamente psicológica (y en el caso de la película de Poblano, sumamente desconcertante). La escena del consultorio con un inquietante psiquiatra conecta directamente con El hombre sin rostro (1950), también de Bustillo Oro, donde un médico legista acude a la psiquiatría para descifrar las pesadillas que lo conectan con los crímenes que investiga. El cineasta oaxaqueño no cita estas películas: las habita. Y al igual que Hitchcock en La ventana indiscreta (resulta que Pablo tiene una pierna fracturada) y en Spellbound (1945), usa el psicoanálisis no como decorado, sino como herramienta argumental: los sueños, el inconsciente y el trauma son la maquinaria que mueve toda la historia.
Las sombras que habitan la casa de Pablo tampoco están para decorar: son la arquitectura del miedo. Puedo extrapolar hacia El gabinete del doctor Caligari (1920) de Robert Wiene, donde los espacios se tuercen y distorsionan para revelar el estado mental de quien los habita; aquí la casa real se vuelve irreal a través de la luz. Sabemos que es una construcción concreta, de paredes físicas, pero la cámara y las luces la convierten en algo más pequeño, más oscuro, más opresivo de lo que en realidad es. El espacio no describe la situación de Pablo: es Pablo. Y en esa sutileza, en la ausencia total de sustos vulgares, reconocemos al horror que no grita, que susurra, que te deja estupefacto mucho después de que las luces se encienden: ¿en dónde habita Pablo si su casa “real” se ha redimensionado de esta forma?

Sin embargo, para un espectador “entrenado” en el terror, Casa 12 podría quedarse corta en intensidad. Pero su problema es otro: inserta explicaciones sobrenaturales en una película que ya puede perturbar sin necesidad de entes diabólicos, lo cual es una mala apuesta. La inclusión anecdótica de la “Sonata del diablo” de Tartini suma tensión e incertidumbre, pero resulta casi innecesaria en un argumento tan freudiano: introducir una línea sobrenatural externa empuja en contra del centro de gravedad de la cinta. El horror no necesita al diablo porque ya lo tenemos dentro. La mujer que trabaja limpiando la casa de Pablo insiste con fuerza en la presencia de fantasmas (¿tradicionales?) y esas situaciones parecen orillar a la cinta al mismo bache.
El cine mexicano ya demostró que puede mezclar lo psicológico y lo sobrenatural de forma más “orgánica”, como en la ultra-Taboada Hasta el viento tiene miedo (1968) y también que no se necesitan verdaderos demonios para sacudir, pues el mal más aterrador es completamente humano, como una niña que decide envenenar hadas. Y si la apuesta era un horror más folklórico, Juan López Moctezuma ya trazó ese camino con Alucarda (1977), donde lo demoníaco tiene una lógica interna que lo sostiene. Casa 12 no termina de decidir en cuál de esos caminos extra quiere recorrer, y esa indecisión le resta.
Pensemos en otras historias del terror nacional contemporáneo: Huesera (2022) de Michelle Garza Cervera, en la que el horror a la maternidad —que por décadas vivió oculto en el cine mexicano— se manifiesta con el sonido de huesos que se fracturan. O Vuelven (2017) de Issa López, en la que los fantasmas son proyecciones del trauma de un grupo de niños huérfanos por la violencia del crimen organizado. El horror viene desde adentro, desde el inconsciente, desde la herencia del trauma.
Casa 12 es un excelente inicio para retomar los cimientos del cine de terror mexicano y demostrar, una vez más, que en México sabemos hacer terror real. Pero también sabemos que el cálculo de los elementos importa tanto como la ambición. ¿Terror psicológico? Hay bases sólidas. ¿Horror sobrenatural? Tenemos de dónde sostenernos. ¿Folklórico, corporal, existencial? Ya lo exploramos y lo hicimos bien.
El problema no es la falta de tradición sino la falta de decisión: saber en qué terreno se quiere jugar y jugarlo hasta el final. Extra a sus otros varios aciertos Casa 12 casi lo logra. Y ese casi, en el nuevo despertar del cine de terror nacional, ya es mucho, mucho más que suficiente.

Casa 12
(México, 2025)
Dirige: Carlos Poblano
Reparto: José Ángel Bichir, Helena Puig, Mikael Lacko, Rodrigo Vargas
Guión: Carlos Poblano
Fotografía: Benjamín Cabral
Duración: 76 minutos
Yedzi Daniela Montalvo
Socióloga con amor por el cine de terror como fenómeno social. Cree en un cine accesible y comunitario, por lo que impulsa un cineclub. Realiza análisis social de las películas y promueve espacios colectivos de reflexión cultural.

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