El pasado también mira
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Toda época deja una imagen incompleta de sí misma. Quedan sus canciones, modas, programas de televisión, aspiraciones económicas, palabras permitidas y silencios. Quedan los cuerpos que coloca en el centro y aquellos que apenas reconoce en los márgenes. Volver a una década supone entrar en ese sistema de signos y observar qué entiende una sociedad por éxito, normalidad, rebeldía, peligro o futuro.

Nadie nos va a extrañar, serie creada por Adriana Pelusi y Gibrán Portela, encuentra en el México de los años noventa algo más fértil que una estética reconocible. El fin del siglo XX mexicano conforma la estructura moral y emocional que rodea a sus personajes. La preparatoria de la adolescencia, sus jerarquías, la cultura popular y el horizonte político del país de entonces participan en una misma ecuación: enseñan qué vidas parecen posibles, qué deseos deben ocultarse y qué tipo de persona merece ser escuchada.

En su primera temporada, cinco estudiantes construyen una pequeña comunidad dentro de una escuela donde ocupan un lugar incierto. Organizan un negocio secreto, venden tareas y trabajos escolares y encuentran así una forma de hacerse indispensables. En esa complicidad se reconocen la inteligencia, la timidez y la sensación de no dominar por completo los códigos sociales de la gente de su edad.

En el mes de agosto de 2026 la serie presenta su segunda temporada y en ella mantenemos con sus ya icónicos personajes el camino hacia el final de la preparatoria, aunque ahora ellos conocen mejor el espacio que habitan y, sobre todo, comienzan a percibir sus límites y nosotros también, desde lo que vemos y desde la pantalla que construye la serie. Las amistades, las lealtades y las identidades construidas en la escuela quedan atravesadas por la proximidad de una vida que ya no estará organizada por los mismos salones, horarios y rutinas. La pertenencia adquiere una fragilidad nueva cuando cada decisión comienza a proyectarse hacia afuera.

La preparatoria ocupa un lugar particular en las historias de formación porque concentra una experiencia social difícil de repetir. Durante algunos años, personas con deseos, orígenes y sensibilidades distintas comparten diariamente un mismo espacio. La institución organiza sus horarios, califica sus capacidades y establece jerarquías visibles e invisibles. Ahí también se aprende quién puede hablar con seguridad, qué comportamientos producen admiración y cuáles convierten a alguien en objeto de sospecha.

El México de los noventa –—que es el país de esta segunda temporada— atraviesa con los personajes una transformación profunda de su relato mientras evidencia las contradicciones del mismo, lo cual queda presente en la atmósfera de sus episodios. La entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte propone la modernización económica como un destino inmediato. El levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional hace visible, desde el primer día de 1994, a quienes permanecen fuera de esa promesa de progreso. El asesinato del candidato presidencial Luis Donaldo Colosio, la violencia política y la inevitable crisis económica introducen una sensación de fragilidad en un país que, desde la narrativa oficial, quiere proyectar estabilidad.

Ese contexto, por supuesto, envuelve a esta segunda temporada sin necesidad de ocupar siempre el primer plano. La historia política se filtra en las expectativas familiares, en el valor concedido a determinadas profesiones y en la exigencia de prepararse para competir dentro de un mundo presentado como “nuevo”. Modernización, apertura y crecimiento son palabras que encuentran su traducción cotidiana en las calificaciones, la disciplina, la popularidad y el éxito.

Virgilio Delgado, Camila Calónico, Nicolás Haza y Macarena Oz como Tenoch, Marifer, Alex y Daniela, respectivamente, en la nueva temporada de “Nadie nos va a extrañar”. Cortesía: Amazon Prime

La década conserva también una moral específica. Algunas experiencias se nombran abiertamente mientras otras permanecen reducidas al rumor, la vergüenza o el secreto. En los episodios, la diversidad sexual, la salud mental, la violencia escolar y la vulnerabilidad masculina circulan dentro de un vocabulario mucho más limitado. Aquello que la sociedad todavía no reconoce aparece de manera indirecta, dentro de los gestos, las bromas y los silencios.

Los personajes viven en el interior de ese lenguaje incompleto. Para ellos, la amistad es un espacio donde probar identidades, compartir temores y formular preguntas que el mundo adulto no sabe recibir. Al acercarse el final de la preparatoria, esas preguntas comienzan a relacionarse con expectativas más amplias: la carrera que deben elegir, la vida que se espera de ellos y las partes de sí mismos que podrán conservar cuando abandonen la escuela. Una ficción situada en el pasado registra las formas visibles de una época, pero también sus fronteras. Muestra las bromas aceptadas, las autoridades respetadas, los cuerpos ridiculizados y los deseos convertidos en escándalo. Permite reconocer a quiénes una sociedad considera parte legítima de su imagen y a quiénes obliga a inventar sus propios espacios de pertenencia.

También permite observar su contracultura. En los años noventa, la música alternativa, las publicaciones independientes, el grafiti, el zapatismo y distintas escenas juveniles ofrecieron lenguajes para responder al consenso de la modernización. La cultura masiva, dominada por la televisión, la publicidad y la expansión del consumo global, produjo sus propios modelos de felicidad. Anuncios, telenovelas, revistas y canciones indicaban qué cuerpos se consideraban deseables, qué familias se presentaban como normales y qué productos prometían acceso a una vida mejor.

En esta segunda temporada, Nadie nos va a extrañar incorpora este imaginario y se cuida de no convertirlo en un catálogo de referencias. En sus encuadres, escenografías y montaje, la década se representa desde la relación de los personajes con la autoridad, en cómo imaginan la vida adulta y calculan los riesgos de apartarse de las normas. Su ambientación permite comprender que los deseos personales nunca surgen en el vacío: están hechos con imágenes, prohibiciones y expectativas heredadas. Ahí se encuentra el sentido de volver al pasado mediante el cine. Mirar otra época ayuda a desmontar la idea de que el presente carece de una forma histórica. En ese presente también vivimos con códigos que parecen naturales. Nuestro lenguaje, imágenes y formas de consumo establecen jerarquías que quizá sólo serán evidentes con el paso del tiempo. El pasado ofrece un marco para localizar esas continuidades y desplazamientos.

Still de la segunda temporada de “Nadie nos va a extrañar”. Cortesía: Amazon Prime.

La nostalgia forma parte de este proceso. Una época se vuelve legible cuando pierde su apariencia de normalidad. Una expresión cotidiana revela una moral; una canción conserva la sensibilidad de un grupo; un salón de clases contiene una idea completa sobre la autoridad. Recordar organiza estas señales y les concede un sentido que no poseen mientras el presente ocurre.

Lo audiovisual devuelve duración y materia a esos mundos. Recupera sus interiores, sus sonidos y sus conversaciones, permitiendo que la historia sea observada desde la escala de alguien que entra a clases, aguarda una respuesta o intenta comprender lo que los demás esperan de él. El pasado deja de ser una sucesión de acontecimientos y vuelve a sentirse como una experiencia cotidiana.

La adolescencia intensifica esta relación con el tiempo porque en ella la identidad todavía está en formación. La escuela, la familia, los medios y los amigos participan en la definición de quién puede llegar a ser una persona. Al terminar la preparatoria, los personajes descubren que crecer también implica reconocer las fuerzas que ya han comenzado a definirlos.

El título Nadie nos va a extrañar condensa el temor de desaparecer sin haber dejado una huella. En esta segunda entrega, la serie responde a ese miedo mediante el propio acto de mirar. Recupera una generación, una escuela y un país que todavía desconoce el desenlace de sus promesas: los “lejanos” noventa ocurrieron, apenas, hace 30 años. Al hacerlo, convierte la nostalgia en una forma de orientación. Volvemos a las historias del pasado porque contienen preguntas que el presente aún no sabe formular sobre sí mismo: quiénes quedan fuera de nuestra imagen colectiva, qué es lo que consideramos amenazante, qué formas de rebeldía conservan su potencia real y cuáles han sido absorbidas por el mercado. Algún día, nuestras costumbres también serán las señales de un mundo desaparecido. Testimonios como el de Nadie nos va a extrañar comienzan a conservarlas. 

Still de la nueva temporada de “Nadie nos va a extrañar”, estrenada el 7 de agosto. Cortesía: Amazon Prime.
Ficha técnica:

Nadie nos va a extrañar
Temporada dos
(México, 2026)
Dirección: Samuel Kishi, Samuel Sosa
Reparto: Nicolás Haza, Camila Calónico, Virgilio Delgado, Macarena Oz
Guion: Adriana Pelusi, Gibrán Portela
Fotografía: Nur Rubio Sherwell
Ocho episodios
Disponible en Prime Video

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