Las narrativas audiovisuales, en especial aquellas producidas por grandes plataformas de streaming, operan como dispositivos simbólicos que normalizan o exponen diferentes formas de ver el mundo. Cuestionar las representaciones culturales que consumimos resulta fundamental, especialmente en la medida en que estas no solo reflejan imaginarios sociales, también contribuyen activamente a la construcción de nuestra identidad, deseos y aspiraciones.
Ante ello vale la pena reflexionar alrededor de una propuesta que Netflix estrenó en septiembre de 2024: la primera temporada de Envidiosa, doce capítulos en tono claro de comedia dramática y que a la fecha cuenta ya con tres temporadas.
¿Qué es la envidia? Culturalmente podemos entenderla como un motor que impulsa o como una emoción destructiva que busca perjudicar al otro. En ese juego, todos hemos señalado la envidia ajena, pero pocos estamos dispuestos a reconocernos en el lugar de quien desea lo que el otro tiene. Envidiosa parte de esa incómoda premisa a través de un título evidente —incluso literal—, que nos presenta a Vicky (Griselda Siciliani), una protagonista nombrada, juzgada y definida así, como envidiosa.
Creada por Carolina Aguirre y dirigida por Gabriel Medina y Fernanda Heredia, la primera temporada busca explorar la psique de una mujer “imperfecta” frente a la llamada “crisis de los 40″. Sin embargo, aunque Envidiosa se plantea como una deconstrucción de los mandatos sociales, corre el riesgo de convertirse en una jaula que, lejos de liberar a su protagonista, la encasilla.

En la trama, Vicky, emocionalmente estancada, decide separarse de Dani tras una década de relación. Meses después, él se compromete con otra mujer y eso representa un golpe profundo para Vicky. Este hecho detona una pregunta que la atormenta constantemente: ¿qué tiene ella que no tenga yo? Debido a que nuestra protagonista verbaliza estas preguntas en terapia, los espectadores descubrimos una perspectiva que simultáneamente evidencia cómo el matrimonio se ha instalado como una medida de validación personal y social para muchísimas mujeres.
Para la serie la envidia no es solo una emoción intangible y en repetidas ocasiones se manifiesta corporalmente. Vicky somatiza emociones ante cada acontecimiento que ella considera como un triunfo ajeno, ya sea a través de brotes en la piel o dolor físico. Esta angustia —entre la tristeza y la frustración— no se queda únicamente en el plano interno, sino que empuja a Vicky a competir con otras mujeres, simbólicamente y a partir de acciones o comentarios hacia terceros.
La terapeuta funciona como mediadora de este conflicto, mientras que las acciones de Vicky respaldan aquello que intenta racionalizar en sesión: la búsqueda de validación y la dificultad para escapar de un sistema de valores que mide el éxito femenino en términos de pareja, edad y reconocimiento social.
El truco aparece cuando detectamos que Envidiosa se sustenta en una narrativa que encapsula a Vicky en las experiencias traumáticas que han marcado su vida: la ausencia de un padre cuando tenía siete años, la renuncia a su carrera profesional, y por último, su relación fallida con Dani. A estos elementos se suma su persistente anhelo de pertenecer a una familia perfecta, representada en la ilustración de una caja de cereal de su infancia. En ello se construye un personaje que parece no tener más dimensiones que sus propias carencias.

Por otro lado, su grupo de amigas no funciona como una red de contención o de sororidad real. Las conocemos a través de los vínculos con sus parejas y eso podría ser el acierto de un guión que quiere reflejar la mirada sesgada de Vicky, quien solo valida en los otros lo que ella misma busca; o por el contrario, ser una limitación narrativa que termina por reducir la experiencia femenina exclusivamente a su relación con los hombres. Un tema que hay que debatir.
Este debate es necesario en tanto que lo anterior rompe la empatía que sentiríamos por Vicky, aunado también a la toma de decisiones impulsivas, motivadas por la desesperación ante la proximidad de una boda a la que “no puede llegar sola” (un impedimento que surge como resultado del temor al juicio social).
¿Es Envidiosa una producción que se sitúa en un lugar común? La serie subraya con insistencia conductas problemáticas como el machismo y el sistema patriarcal del que proviene, pero lo hace de tal manera que el conflicto termina por devorar a sus personajes opacando otras dimensiones de su personalidad. Y aunque se presenta como una comedia romántica con una paleta de colores vivaces y una selección musical más que efectiva, el ritmo se quiebra al regresar una y otra vez, de forma circular, al mismo conflicto.
En una entrevista para el medio “Somos oh la la!”, Griselda Siciliani y Pilar Gamboa (quien interpreta a Carolina, hermana de Vicky), la describen como el personaje que hacía falta en la televisión: una mujer con defectos, imprudente y, sobre todo, envidiosa. Sin embargo, es aquí donde la propuesta se vuelve unidimensional y termina por traicionar su propia premisa.

Al no permitir a Vicky existir más allá de su fijación con el matrimonio y el abandono de su padre, esta primera temporada cae en un círculo vicioso en el que el punto de quiebre más grave ocurre cuando el guion busca justificar sus acciones. Esta lectura se consolida de manera explícita a través de las palabras de Dani, quien afirma: “Ella no es mala, ella no está loca… Tuvo una vida muy difícil, es una persona lastimada”.
Esta línea, lejos de empoderar a la protagonista y hacerla dueña de sus defectos (como la envidia o la impulsividad), parece entregarle un papel pasivo como víctima de las circunstancias. ¿Le resta responsabilidad y capacidad de transformación, generando un retroceso en la representación femenina de las series de televisión, o en verdad la retrata como “el personaje que hacía falta en la televisión”? El debate queda sobre la mesa.
El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, también abre diálogos acerca de los discursos que predominan en los medios. Por esta razón, la serie puede leerse como una decisión narrativa instalada en un espacio de confort, en el que se reiteran problemáticas ampliamente señaladas. Aunque expone una reflexión necesaria, se vuelve borrosa al no permitir que sus protagonistas existan más allá de ese eje, limitando así el alcance crítico que una propuesta situada en el contexto histórico actual podría —y debería— construir.
El trabajo, como siempre, queda en quien ve. A partir de propuestas certeras, o borrosas como esta, podemos rescatar del discurso todo aquello que motive un debate sano. Envidiosa lo permite y, de forma intencional o no, nos da la oportunidad de conversar alrededor de sus representaciones y sus carencias, especialmente ahora que la serie está por estrenar su cuarta temporada. Es tarea del espectador rescatar los símbolos que exponen otras formas de ver el mundo.
Arantxa Balcón Dorantes
CDMX (2004). Comunicóloga apasionada por la fotografía y la cultura pop, ve el cine como un puente para contar historias, explorar realidades y descubrir nuevas formas de mirar el mundo.

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