Mirar arriba, mirar abajo. ¿Una cuestión de perspectiva? Es la pregunta del millón o el equivalente en onzas a un Ariel de oro: ¿existe una división tajante entre el sector comercial y el autoral en la industria audiovisual?
Para buscar claves podemos adentrarnos en el universo de No tengo miedo, nueva miniserie a cargo del showrunner Ernesto Contreras y que puede verse ya en Netflix. Todo comienza en un poblado cafetalero de las montañas de Veracruz, durante la fiebre de la Copa Mundial de Fútbol México 86. Miguel (Aldo Emiliano Navarro) de diez años y fanático del fútbol, encuentra a Felipe (Yago Andreu Sandoval) –de la misma edad aunque mejor posición social– como misterioso prisionero engrilletado en el pozo de una tétrica casona abandonada, rodeada además por el follaje de la jungla. El terrible hallazgo da pie a una amistad que destapa, a lo largo de seis capítulos que rozan al terror y al suspense, el oscuro obrar de una comunidad caída en desgracia — incluidos los más allegados a Miguel— después de que una plaga arrasara la cosecha del café, sustento de los pobladores.
La premisa de la serie toma para sí mucho de la novela homónima de 1999 –bestseller de suspense de Niccolò Ammaniti– que sirve de base para el argumento. El turbulento clima político de la Italia de la década del setenta se traslada aquí al imaginario “contreriano” del Veracruz rural ochentero, tomando el entramado general de Ammaniti como mapa de ruta para tocar temáticas de pobreza, lucha de clases y amistad. Sin embargo, comparar ambas obras no es aquí lo más pertinente (casi nunca lo es en esta relación amor-odio que gestan siempre las obras escritas que llegan al audiovisual). Tampoco lo es comparar el trabajo de Ernesto Contreras con la adaptación al cine de la misma novela que en 2003 logró el director y guionista Gabriele Salvatore.

En realidad, no resulta descabellado intuir que el referente principal sea, en todo caso y a través de aspectos generales, la serie Stranger Things (2016-2022) creada por los hermanos Duffer. La intriga del thriller que acecha a un grupo de chicos en bicis. La nostalgia por la década de los ochenta que atrae a un público juvenil y familiar. El relato de aprendizaje a la madurez atravesado por misterios sobrenaturales, apariciones, raptos y escapes. A fin de cuentas, Stranger Things es todavía la serie emblema de Netflix, la que catapultó el streaming y revolucionó las formas de producir y consumir productos audiovisuales (hablemos de “maratonear”). No tengo miedo, toma como base estos elementos para conectar con su público y afirmar una identidad propia.
La eficacia de esta estrategia se explica en gran parte por la experiencia del showrunner. Ernesto Contreras representa un punto de referencia para la actual industria nacional. Pertenece a la generación de cineastas que a fines del siglo pasado levantó la entonces casi irrecuperable industria cinematográfica, empujando el período bautizado (nuevamente) como Nuevo Cine Mexicano. Su producción es, por decir lo menos, sumamente versátil. Con Párpados Azules (2007), su ópera prima, estableció una voz autoral a través de una parca poética de la soledad. Sueño en otro idioma (2017), su tercer largometraje de ficción, lo consagró internacionalmente. Pero es a partir del estallido de las plataformas de streaming que Contreras multiplica proyectos a un ritmo frenético que lo llevó a dirigir once proyectos entre 2018 y 2026.
Su trabajo comercial coincide con el esquema tradicional industrial pues emplea los dos enfoques comunes para la creación de una obra: adaptar un éxito extranjero al gusto local, o desarrollar un producto hecho en casa con rigor de estándar internacional.
Su aproximación al thriller ha sido igualmente diversa. Encontramos la épica mafiosa de El Chapo (2018) y un Jason Bourne chilango envuelto en complots de espionaje: Falco (2018). En Dale gas (2022) el rápido y furioso rugido de motores se precipita por la colonia Buenos Aires de la capital mexicana, zona tradicionalmente vinculada al comercio turbio de autopartes. Con No tengo miedo, Contreras incursiona en el thriller de misterio sin desatender varios motivos de su corpus personal.

Una escena en particular nos deja ver lo que podrían ser las raíces del interés de Contreras por dirigir y producir esta serie, y es justo aquella en la que Miguel descubre a Felipe encadenado al fondo del pozo. Mirar arriba: la imagen coloca en el centro la mirada curiosa de Miguel, emplazado desde un dramático contrapicado, con la pesadez del cielo guardado por árboles y follaje verde. Mirar abajo: el contraplano se asoma al cautiverio del indefenso y desorientado Felipe. Contreras amalgama aquí la amplitud de la naturaleza viva con el encierro aplastante de la mazmorra, motivo común de sus primeros largometrajes.
En Párpados Azules ponía en escena una melancolía inexplicable que envuelve a los seres aislados. Los personajes deambulaban habitando una sombra cansada. Sus acciones parecían motivadas por el eco de una mazmorra y el paso de los coches sobre el viaducto se confundía con la intimidad de la alcoba. Sueño en otro idioma, abandona la monotonía industrial capitalina para abrirse a la jungla de su natal Veracruz. Permanecían, sin embargo, el aislamiento obstinado de los personajes, las relaciones imposibles. Pero también aquí, en la naturaleza vibrante, se presentaba un privilegiado escenario húmedo y oscuro, esta vez una caverna. La luz filtrada que baña las paredes de la cueva evocaba un símbolo más complejo que una simple escena de cautiverio. Era una ultratumba paradisiaca, un lugar de origen y comunión. En la miniserie El secreto del río (2024) la cueva era un espacio fugaz pero sustancial. En el centro de la historia se enlazaban el rechazo infantil y una amistad que compartía un secreto de abuso: la cueva representaba una escena del crimen en cuyas aguas se reprimía un atroz recuerdo de la infancia. Hoy, en No tengo miedo, el color y vida de la naturaleza salvaje y abierta se compaginan por fin con la opresión –ya muy literal– del encierro.
El ingrediente extra es la aceptación fiel y honrosa de parte de Contreras de su herencia melodramática que, en este caso, trasciende el terror sin excluirlo. Es un melodrama que exalta la manera de relacionarse con el mundo, sus luces y sus sinsabores, a través de la verosimilitud de sus pasiones. Si se me permite la extrapolación, es un melodrama que hereda el poder de secuencias como aquella climática en la que unas violentas olas representan en pantalla la desesperación de una desfalleciente Andrea Palma en La mujer del puerto (1934) de Arcady Boytler.
Es a través de esta sensibilidad melodramática que se debe apreciar la inserción de una pieza como “La bruja”, un son jarocho que ocupa la secuencia musical de fandango y luz de velas en No tengo miedo: un lamento de amor, reproche y gozo, violencia y placer, todo al mismo tiempo. Es tradición –la del Indio Fernández o Roberto Gavaldón— y que Contreras derrama en su aproximación al thriller de misterio.
¿Puede entonces marcarse una línea divisoria entre el sector comercial y el autoral en la industria audiovisual? La obra de Conteras se revela como un caso de interés particular. Como muy pocos directores en México, cruza la valla para producir con eficacia en ambas parcelas. Su filmografía, emblemática ya para la industria mexicana, prospera desde la década de los noventa.
Mientras decidimos si mirar arriba o abajo, los datos muestran que México hoy lidera el mercado latinoamericano de las plataformas de streaming tanto en nivel de producción para plataformas activas, como en número de espectadores, envuelto todo en un total de 173 mil contenidos disponibles.
Navegando este alud de alternativas, el público juvenil, cercano a las narrativas de desarrolla el terror al que le habla No tengo miedo, ya puede disfrutar de este thriller, a manera de introducción a la obra de uno de los maestros contemporáneos del melodrama de la luz.

No tengo miedo
(México, 2026)
Dirección: Alba Gil, Ernesto Contreras, Alejandro Zuno.
Actúan: Luis Alberti, Fátima Molina, Aldo Emiliano Navarro, Yago Andreu Sandoval.
Guion: María Camila Arias, Mónica Herrera.
Fotografía: César Gutiérrez Miranda.
6 episodios.
Marcos González
Cineasta egresado de la ENAC-UNAM. Guionista, director y editor con quince años de experiencia en cata de palomitas.

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