En clase elemental de periodismo siempre se recalca que quien escribe no está por encima de la información ni de sus entrevistados. Si trasladamos ese principio a la crítica de cine, nadie debería estar sobre la película que revisa, ni de los cineastas a los que hace referencia. No debemos estar antes del cine mismo.
Ahora que entramos al segundo cuarto del siglo XXI, todo ello se ha perdido, por lo menos desde la generalidad y en buena parte de la joven crítica cinematográfica. Quienes han decidido que su vida forme parte del cine, parecen más bien hacer del cine parte de su ego. En palabras menos rabiosas: quienes hoy lanzan una opinión sobre alguna película ponen antes a su persona y detrás, por mucho, las películas y sus discursos.
Hace poco tuve la oportunidad de experimentar ese enorme cambio en el ejercicio de la crítica, cuando tuve frente a mí un grupo de textos publicados en la Revista de la Universidad de México (RUM) dedicados al cine.
El primero de ellos apareció en la edición de abril de 1954. El último, en el otoño de 1956, en la edición de octubre, hace casi setenta años. Se trata de textos lúcidos, como si los hubiera escrito un crítico no solamente comprometido sino experimentado (tendrían que revisar sus reflexiones alrededor de El último acto de G. W. Pabst). Pero al mismo tiempo hay textos con humor y hasta desparpajo, como si un crítico joven barajara sus ideas sobre el cine mexicano en plena transformación, para exponerlas y esperar el regaño del editor.

Hay también diálogos inventados –socráticos incluso–, entre películas (las que eligió reunir en cada publicación), entre párrafo y párrafo, como si un alma vieja se hubiera apoderado de la columna.
Pero detrás, muy detrás de todo, está la persona que ejecutó esas críticas no críticas (a veces le bastaba enlistar ideas alrededor de la selección de películas en turno). Esa persona quiso estar tan en la sombra de la columna “El cine” de la RUM, que decidió abrazar el anonimato eterno bajo el amoroso, reverencial y hoy muy querido seudónimo de “Fósforo”. Esa firma es “Fósforo II”, homenaje a Alfonso Reyes y a Martín Luis Guzmán. Hoy Fósforo II es un puente entre Reyes y Fósforo UNAM, la revista digital de crítica cinematográfica de la Filmoteca UNAM.
La idea es provocadora, incluso para quien la concreta. Pero bajo las sombras de nuestros tiempos resulta un acto muy luminoso desde y para el cine, con y para la crítica cinematográfica.

El ejercicio que Fósforo II ejecutó es la demostración última de esa enorme gota de ética que vincula al cine con el periodismo: no podemos estar nunca antes que la película.
No sabemos si Fósforo II fue (o es) hombre o mujer, si era viejo o una joven en ascenso; si se dedicaba solamente a hacer crítica de cine (llena de personalidad), o si se encargaba de otras columnas en la RUM; si era rica o un pobretón enamorado de la pantalla, un tándem o un colectivo.
Ese ejercicio es también un acto de vanguardia ejecutado sin red –hace setenta años– para alcanzar lo que hoy, desde Fósforo UNAM, consideramos parte fundamental de la crítica de cine. Sus textos ni se encierran en la recomendación o la negación de una película, ni en elevarla al paraíso del arte o arrojarla al pozo de los desperdicios. Esos textos entienden que el cine no es eso, sino mucho más.
Al negar su nombre fuera de esas páginas y decidir que quería quedar en ellas simplemente como Fósforo II (a menos que ese sea su estrambótico nombre real), deja tácitamente claro que cualquier persona puede hablar de cine, que el cine es tan de uno como de todos y que uno es tan de todos como del cine.
Sin imaginarlo (o a lo mejor sí lo pensó), Fósforo II y su juego de anonimato al estilo del Zorro, o del luchador enmascarado más comprometido con sus colores, nos dice directo a los ojos (pues sus palabras están en las páginas de la Revista de la Universidad de México), que todos podemos hablar de cine, que la rimbombancia del apellido no afecta, y que una observación escandalosa no viene al caso, sobra.
Todos podemos hablar de cine y él o ella dejó atrás su rostro. Con esa firma no hay pedestal que lo separe de nadie. El no-nombre de su ejercicio son todos los nombres de quienes venimos después, ya sea porque escribimos sobre cine o porque solamente disfrutamos de él.

Texto alrededor de las publicaciones que bajo el seudónimo Fósforo II, se publicaron en la Revista de la Universidad de México entre abril de 1954 y octubre de 1956.
Erick Estrada
Crítico de cine, investigador, programador y tallerista.
Forma parte del Latin American Critics Award for European Films.
Se ha desempeñado como profesor universitario en distintas instituciones públicas y privadas. Ha sido jurado en el Premio José Rovirosa al Documental Mexicano de la Filmoteca de la UNAM y en los festivales Mórbido, de cine Mexicano en Durango, Festival de Cine Latinoamericano de Vancouver, Festival de la Crítica Cinematográfica en Caracas, Macabro Festival de Cine de Horror de la Ciudad de México, Shorts México, Kinoki, DOCSMX, Festival Internacional del Cine de Monterrey, Festival Internacional de Cortometrajes de la Universidad Vasco de Quiroga, y del concurso de crítica del Festival Internacional de Cine de Los Cabos.
Al lado de Sonoro Podcast coproduce, escribe el guión y conduce los podcasts Cinegarage que rebasan ya los 1260 episodios y que se escuchan en 40 países alrededor del mundo.
Fue curador de los Cine Debates de la Biblioteca Vasconcelos, del Instituto Goethe en la Ciudad de México y actualmente desarrolla cursos y talleres de cine en la Cineteca de San Lázaro de la Cámara de Diputados así como en Cinegarage.
Colaborador a través de la sección de cine de distintos programas y proyectos como BBC Culture, Prisma RU de Radio UNAM y el noticiero de Juan Becerra Acosta en Radio Fórmula.
Actualmente colabora en la elaboración de un diccionario del cine mexicano coordinado por la Cineteca Nacional.

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