Siglo XX. Año uno de la década de los setenta. Una ola de empresas productoras como Escorpión, César Films, Rodas S.A. y Cinematográfica Marco Polo respaldan el surgimiento de una nueva época del cine mexicano. Gracias a esta última, el debut de Jaime Humberto Hermosillo (1942-2020) en la industria cinematográfica se materializó con el rodaje de La verdadera vocación de Magdalena (1971). El director —originario de Aguascalientes— comenzaba una exitosa trayectoria artística de 30 filmes después de navegar en el cine universitario como egresado del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la UNAM, etapa que nos entregó los cortometrajes Homesick (1965), S.S. Glencairn (1969) y el mediometraje Los nuestros (1969).
Con solo asomarnos a estos primeros rodajes entenderemos que la propuesta de Hermosillo fue, desde sus inicios, audaz y transgresora, destinada a influenciar de manera determinante al cine mexicano del futuro. Desmanteló los ideales morales y la hipocresía de la familia y la sociedad mexicana en general, a través de protagonistas ávidas de vivir nuevas experiencias —como veremos en Amor libre (1978)— y personajes dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias para satisfacer sus deseos, como en El cumpleaños del perro (1975), La pasión según Berenice (1976) y Naufragio (1977). Todo desde una mirada provinciana subordinada a los ambientes temáticos de la capital mexicana y en una época conservadora que asfixiaba aquello a lo que Hermosillo buscaba dar aire. Una triple disidencia firme, de facto y sin escándalos.
Además de sus aportaciones como director y guionista, Hermosillo también fue ampliamente reconocido por fundar en Guadalajara el Centro de Cine y Crítica de Occidente junto a la directora y pedagoga Annemarie Meier, así como la Muestra Internacional de Cine de Guadalajara en 1986 (ahora Festival Internacional de Cine en Guadalajara), junto a la propia Meier, Emilio García Riera y Guillermo del Toro. Hoy, el festival cumple nada menos que 41 años.
Hermosillo perteneció a una generación de cineastas que transformaron radicalmente la estética y las temáticas del cine mexicano. Como él, Arturo Ripstein, Felipe Cazals, Paul Leduc y Jorge Fons —por mencionar a los más representativos—, enfrentaron un contexto político álgido durante el gobierno de Luis Echeverría que los orilló a realizar producciones independientes con la censura y la opresión a cuestas. En el panorama estaba el Primer Concurso de Cine Experimental y de Largometraje que se realizó en 1965, la realización del primer largometraje del CUEC: El grito (1968), y la conformación en ese mismo año del grupo Cine Independiente de México. En conjunto, fue una generación de jóvenes cineastas inconformes y apasionados resultado, en buena parte, de haber atestiguado el movimiento estudiantil mexicano de 1968.
Podríamos decir que Jaime Humberto Hermosillo empezó con el pie derecho su carrera cinematográfica. Desde el inicio colaboró con artistas en ascenso y figuras consagradas. Actores emblemáticos como Héctor Bonilla, María Rojo, Angélica María, Julissa, Martha Navarro y Manuel Ojeda participaron con papeles estelares en los primeros filmes de Jaime Humberto, y aunque escribió casi el total de los guiones que dirigió, algunos escritores reconocidos trabajaron como co-guionistas de sus películas. Durante esta etapa resaltan nombres como José de la Colina, José Emilio Pacheco y Gabriel García Márquez. Su vínculo con la literatura también se ve reflejado en las adaptaciones de textos de Joseph Conrad, Robert Louis Stevenson y del propio García Márquez.

El trabajo de Jaime Humberto Hermosillo en estos primeros diez años condensa varios de los intereses temáticos y formales que como director y guionista exploró a lo largo de su carrera. Sus primeras películas juegan con el género melodramático más clásico y tradicionalista —bastante común en el cine mexicano—, para proponer una mirada acorde a los tiempos convulsos de 1970. Encontramos en ellas críticas a la familia, a la religión y a la educación sentimental que ese mismo género lanza hasta nuestros días. Eso no significa que Hermosillo haya condenado al melodrama. Al contrario: lo resignificó y rompió sus cadenas más conservadoras en un tiempo en el que pocos se atrevían a hacerlo.
A ello hay que sumar la influencia de los movimientos juveniles de la década de los sesenta y setenta, la segunda ola del feminismo en boga y el auge de la liberación sexual. Si en el cine previo las parejas buscaban en el matrimonio un triunfo y la culminación de su historia de amor, a los personajes de Hermosillo esa meta les parece ajena o, mejor aún, ya están casados desde el inicio de la trama y, por lo tanto, su conflicto es distinto. La pasión y el deseo se muestran de muchas formas en su filmografía, y para ello vale la pena revisar La verdadera vocación de Magdalena.
La protagonista —una joven Angélica María— es ferozmente custodiada por su madre (Carmen Montejo) pues desconfía de Eme (Javier Martín del Campo), el rockanrolero con el que se casó. Al igual que en otras cintas de Hermosillo, la madre es una figura de poder determinada a conseguir un “verdadero” matrimonio para su hija: reconocido por la iglesia católica y con un aburrido profesionista de traje y corbata. Sin embargo, su Magdalena (nombre que no es gratuito) encontrará la manera de escapar de las expectativas de su familia y de la sociedad para cumplir el sueño de ser artista. La pareja supera todos esos obstáculos en el mítico festival de rock de Avándaro, y culminan en una relación amorosa sin exclusividad sexual. En términos más contemporáneos: disfrutan de una relación abierta.
En Amor libre nos encontramos con una pareja de amigas (Julissa y Alma Muriel) que trabajan en la misma tienda y que, eventualmente, vivirán en el mismo departamento. Su relación construye una red de cuidados que les permite acompañar y aprender de la otra sin prejuicios ni señalamientos. El diseño artístico –a cargo de Lucero Isaac– construye un escenario íntimo que no muestra cuerpos desnudos en vano, como se pensaría del cine de la década, sino que orienta la mirada hacia un reconocimiento del cuerpo femenino y del cuerpo deseante como imágenes a las que deberíamos acostumbrarnos o dejar de esconder.
Hermosillo entendió que una nueva época se debe contar con nuevas voces y romper, si es necesario, las normas que lo impidan. Desde esta perspectiva es inevitable pensar en las protagonistas de su filmografía. En La pasión según Berenice y en Naufragio, la pasión expande todos los espacios y los límites que la mesura y el sentido común evitarían. Como en muchas de sus películas el deseo sexual es un móvil para llegar a otros: está de por medio la esperanza de sentirse amada o elegida, e incluso una oportunidad para escapar de la cotidianidad. Tanto Berenice (Rita Macedo) como Leticia (María Rojo) están dispuestas a sacrificar todo lo que tienen para seguir los pasos de un apuesto y apasionado hombre que llega como relámpago a sus vidas, aunque ninguna pueda quedarse con su amado. Esa negativa, sin embargo, hará que insistan hasta el ahogo o el incendio de sus propias vidas: pasión y naufragio a final de cuentas.

Este tipo de personajes “marginados” e incómodos para las sociedades más conservadoras son, en efecto, los protagonistas de Hermosillo, como lo es también su impronta personal. El cineasta problematiza la noción del matrimonio ideal: ¿La estabilidad absoluta llega después de la noche nupcial? ¿Una boda es la prueba más grande de amor? ¿Cómo se deben conformar las nuevas familias? Además, los escenarios son aparentemente similares: los personajes se desempeñan en trabajos precarizados, no pueden comprar una casa y, necesariamente, ambas partes deben trabajar para cumplir cabalmente con los gastos.
Los protagonistas de María de mi corazón (1979) son un matrimonio apasionado y jovial. Recuperan su viejo romance y el matrimonio les da esa anhelada estabilidad económica y social a la que estamos acostumbrados. Sin embargo, cuando todo parece funcionar mejor que nunca, un trágico accidente separa a María (María Rojo) y a Héctor (Héctor Bonilla). La relación y la vida de nuestros protagonistas irán desmoronándose poco a poco porque el amor no basta para resolver una situación así. Y es que en la obra de Jaime Humberto no hay cabida para los discursos idealizados, porque cuando aparentemente se presenta una excepción a la norma, ésta le sirve al director para desestabilizar los estereotipos del amor romántico.
Las situaciones cotidianas y los espacios domésticos también son transgredidos. Hermosillo apuntó hacia los pilares de la sociedad, y la familia quizá sea el más importante de sus blancos. En El cumpleaños del perro un hombre recién casado asesina a su esposa, mientras que su jefe (y padrino de bodas) busca la manera de protegerlo con la esperanza de sumarlo a su familia pese al rechazo de su esposa. En Matinée (1977), un grupo de ladrones —todos varones y dos de ellos en una relación homosexual— secuestra accidentalmente a un par de niños de provincia, de quienes se hacen cargo entre todos para integrarlos a la práctica delictiva. Estamos frente a dos casos de organización “familiar” que no dependen de un vínculo consanguíneo. Lo vemos también en Amor libre, cuyas protagonistas se hacen responsables del mismo hogar, y en Naufragio, en la que dos compañeras de trabajo, con edades dispares, viven bajo un mismo techo compartiendo gastos y deberes.
Hay cineastas que se ganan el reconocimiento del público y la crítica tras largos periodos de exposición, pero con Hermosillo tenemos un caso distinto. Fue en sus primeros años de producción en los que se consolidó como un director de renombre, ganó en más de una ocasión el Ariel a la Mejor Película, y su público asistió ansioso a las salas cuando presentaba una nueva cinta. Según el crítico de cine Jorge Ayala Blanco, el propio Jaime Humberto llamó a esta época “la década prodigiosa”.
Esa trascendencia no es gratuita. La discusión en las redes sociales, las retrospectivas, y la proyección de sus películas en diversos circuitos, así como la recepción de las nuevas audiencias arrojan una sola conclusión: el cine de Jaime Humberto Hermosillo ha logrado pasar la prueba del tiempo.

A propósito de la edición 41 del Festival Internacional de Cine en Guadalajara (FICG), nuestros colaboradores Camila González y Christian Jair Villalobos repasan, a dos plumas, los primeros 10 años en la filmografía de Jaime Humberto Hermosillo, uno de los principales responsables del nacimiento del FICG.
Camila González López
Carrera y facultad: Lengua y Literaturas Hispánicas. Facultad de Filosofía y Letras (UNAM)
Una semblanza breve: Xochimilco (2003). Estudia la obra de escritoras latinoamericanas. Obtuvo el primer lugar del concurso Alfonso Reyes Fósforo (2021) y ha colaborado en otros festivales de cine. Paralelamente se dedica a la gestión cultural con La Cartelita y a la escritura creativa.
Christian Jair Villalobos Fernández
Entusiasta del cine y la literatura. Se dedica a la investigación literaria contemporánea y mantiene, seriamente, una afición por la fotografía. Además, ha ganado diversos premios literarios a nivel nacional e internacional.

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