¿En qué se parece el fútbol a Dios?
En la devoción que le tienen muchos creyentes
y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales.
Eduardo Galeano
Entre los adagios populares de las comidas familiares y las cenas entre amigos, destaca aquel que, para evitar los exabruptos y mantener el tono ameno de la conversación, recomienda abstenerse por completo de tres tópicos concretos: la política, la religión y el deporte.
Divina trinidad del desastre inminente y los momentos incómodos, la razón detrás de esto sea probablemente que es imposible no profesar al menos uno de los tres con cierta pasión desbocada que, más allá de las leyes del decoro y la sobremesa, acabe por desbordarse del campo de la razón para jugarse, en mayor o menor medida, en el del fanatismo.
En el caso del fútbol, sin embargo, la cuestión es particularmente engañosa pues hablar de este implica incurrir en los tres al mismo tiempo. No es de extrañar que, por eso, tantas narrativas hayan encontrado en el conflicto innato a su naturaleza deportiva —profesada de manera religiosa y con graves repercusiones políticas en el cuerpo social— un terreno fértil para cosechar ficciones dentro de la cancha, aledañas a esta, o alrededor de las intrigas y disputas que deben suscitarse para que uno o varios partidos lleguen a jugarse en un estadio. Este último es el caso de México 86, dirigida por Gabriel Ripstein y ya disponible en Netflix.
La película nos recibe con una sutil advertencia: “Algunas de estas cosas sí pasaron”. Prueba ipso facto de esto son los metrajes de aquel México technicolor de los ochenta —en su mayoría tomados del soberbio acervo de los hermanos Bilbatúa— que desfilan en pantalla mientras escuchamos en off a Martín de la Torre (Diego Luna) que nos da la bienvenida sin detallar desde qué punto del futuro lo hace: “México estaba en crisis. Desempleo, hartazgo con los políticos y un montón de problemas más. Pero durante un mes de ese año, mi país fue el centro del universo…”.
Y es que si bien la película insiste en hacer explícitas sus fechas y locaciones —Zúrich, 1983 o México, 1985—, la sensación que prevalece a lo largo de la cinta es la de una observación anacrónica, desde el pasado, de lo que hoy está sucediendo a unos días de que México vuelva a ser anfitrión del torneo futbolístico más grande del mundo. De modo que, por más pendenciera que esta pueda resultar, es pertinente hacer la pregunta: ¿La película México 86 habla exclusivamente de la Copa Mundial de ese año?

México 2026
Da igual a dónde vayamos, no vamos a llegar. A razón de las remodelaciones que el gobierno ha encauzado en los últimos meses de manera apresurada como parte de los preparativos para el Mundial 2026, el metro en que viajamos lleva, una vez más, varios minutos detenido entre estaciones.
Analicemos. Según cifras del periódico “El economista” las inversiones destinadas a infraestructura, movilidad y modernización urbana rumbo al Mundial 2026 rondan los 53,000 millones de pesos. Por su parte, los empresarios estiman una derrama económica cercana a los 3,000 millones de dólares solo durante el torneo. Expresada así, la cifra podría sonar atónita, meritoria —¿será?— de las molestias causadas a miles de capitalinos en sus ya de por sí demorados trayectos diarios. Sin embargo, deja de serlo cuando en espera de que el convoy avance, sacamos la calculadora y hacemos las matemáticas. En una idílica repartición equitativa de esos 3,000 millones de dólares entre los casi 133 millones de habitantes del país, la división daría 22.59 dólares, unos 500 pesos por cabeza si hacemos la conversión con los números del verano de 2026. Es decir, lo obvio: la supuesta rentabilidad del negocio alrededor del fútbol lo es solo en la medida en que su usufructo recaiga en las manos de unos cuantos.
Todavía atrapados en el metro, empapados de sudor como si fuéramos nosotros quienes acabáramos de correr noventa minutos de un lado a otro de la cancha, terminamos haciéndonos la misma pregunta que, seguramente, sostuvo el equipo responsable de México 86 como punta de flecha durante el proceso de armado de la película: ¿es la corrupción inmanente al fútbol o, por lo menos, a la batalla diplomática por ser la próxima sede mundialista?

México 1986
Miembros de la misma estirpe espectacular, pareciera ser que tanto en la realidad como en la ficción, el destino del futbolista —y el de los actores que los interpretan— desemboca inevitablemente a orillas de la cancha. Y es que no como director técnico, sino como burócrata frustrado y pieza rescindible de la maquinaria deportiva, Diego Luna —alguna otra vez “El Rudo” Verduzco creado por Carlos Cuarón— encarna en esta sátira a Martín de la Torre, personaje parcialmente ficticio, principal responsable de que un país que —tan entonces como a la fecha— nunca ha levantado la Copa del Mundo, se convirtiera en el primero en ser dos veces la sede mundialista de fútbol.
En ese tenor, hay que destacar el guión de Gabriel Ripstein y Daniel Krauze, que más que perseguir la precisión histórica, apuesta por el retrato cínico de las estructuras de poder y los intereses que subvierten al deporte en campaña política y espectáculo mediático. De ahí el acierto de condensar en pocas vertiginosas escenas las confabulaciones internacionales que, de otra manera, correrían el riesgo de convertirse en una somnolienta retahíla de negociaciones de pasillo, llamadas telefónicas y conversaciones eternas. Por el contrario, la película sostiene —en los noventa minutos de un partido con todo y sus cinco de tiempo agregado— el trepidante ritmo de un juego de final. A esto hay que sumar las interpretaciones de Karla Souza y Daniel Giménez Cacho quienes, con la deportiva soltura del gesto sutil y el brutal exabrupto, construyen afilados retratos de Susana Caldas y Emilio Azcárraga Milmo (el entonces presidente del consejo del Grupo Televisa) quienes, a diferencia de Martín de la Torre, conservan el nombre de sus contrapartes auténticas.
Finalmente inspirado en la no menos polémica figura de Rafael del Castillo, expresidente de la Federación Mexicana de Fútbol —y pieza clave para empezar a entrever los más sombríos claroscuros del fútbol mexicano—, el protagonista de México 86 no solo juega un papel decisivo en la disputa por la sede mundialista de aquel año, sino que en 1988 aparece vinculado al escándalo de “los Cachirules”: el controversial caso de falsificación de edades en la liga sub-20 que derivó en la suspensión de la selección mexicana por parte de la FIFA y, consiguientemente, en su ausencia durante el Mundial de Italia 90. Es decir, más que sumarse a la engrosada lista de ficciones que endiosan la afición sin cuestionar las estructuras de poder que la rodean, México 86 atiende la incómoda paradoja de que si el fútbol ha sido —y seguirá siendo— uno de los negocios más prolíficos del mundo, es porque más allá de su valor comercial y su alta “rentabilidad”, este tiene que ver mucho más con esa pasión que, desprendida de su naturaleza tripartita —deporte, religión y política—, es tan capaz de romper lazos familiares en medio de una barbacoa, como de propiciar el abrazo entre dos desconocidos a mitad de un estadio.
El problema, pues, son esos Martín de la Torre que ven en el entusiasmo ajeno una oportunidad de lucrar a expensas, incluso, de esos mismos aficionados que, aunque cada día más lejos de las tribunas, siguen quitándose la camiseta y gritando con el corazón en la mano cada vez que su equipo mete un gol en esa portería que, vista así, no es la verdadera enemiga.

Mexico 86
(México, 2026)
Dirección: Gabriel Ripstein
Reparto: Diego Luna, Karla Souza, Daniel Giménez Cacho, Memo Villegas
Guion: Daniel Krauze, Gabriel Ripstein
Fotografía: Emiliano Villanueva
Duración: 95 minutos.
Adrián Cabrera
Escritor y teatrero. Premio Nacional de Literatura Joven. Textos suyos se han publicado en Punto de Partida, Punto en línea y ESPORA. Sueña con abrazar una ballena.

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