Este texto da cuenta de las posibilidades que conlleva vincular la práctica investigativa y creativa, águila y sol de la moneda. Extrañamente en este país, una ponencia presentada en el marco del primer Congreso Internacional Escritura para la Pantalla en México del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM podría convertirse en un largometraje de ficción, y las protagonistas serían: una pionera del cine mexicano, Mimí Derba, y una destacada cineasta, promotora y escritora, Ana Cruz Navarro. En conversación con ella, desde Fósforo UNAM apostamos, como siempre, por no perder de vista a las figuras que nos precedieron.
Las actividades realizadas dentro de las comunidades académicas tienden a generar cuestionamientos por el bajo impacto de sus productos, y si bien es importante que las universidades —especialmente las públicas— hagan más por difundir los resultados de sus esfuerzos, también hay que decir que, a veces, la gente y los creadores subestiman el valor de acercarse estos. Unir investigación y creación es de enorme valor, pues es común que aquellos que nos encontramos estudiando o incluso los mismos profesores e investigadores nos preguntemos constantemente: ¿y esto para qué?, ¿realmente hay un impacto visible en nuestras tareas? Por supuesto que es importante, y claro que se da.
Un ejemplo meritorio lo encontramos alrededor de Mimí Derba, actriz, guionista y directora pionera del cine mexicano y mundial. ¿Cuántas mujeres fueron directoras a principios del siglo XX? Derba, con su película La tigresa (1917), adaptación de una historia de Teresa Farías de Issasi, fue parte de ese injustamente reducido grupo. La primera en México y probablemente en toda América Latina también fue socia, en 1917, de la primera casa productora de cine industrial nacional, junto al cineasta Enrique Rosas, uno de los más grandes del país: la Sociedad Cinematográfica Mexicana Rosas, Derba y Compañía, que posteriormente se convertiría en Azteca Films.

Hay que decirlo, ser pionero es darse de topes. Hoy Mimí Derba es fácilmente reconocible por sus más de setenta apariciones en cine durante más de cuatro décadas. Como matrona tradicional, refinada, orgullosa, severa, autoritaria y muchas veces injusta —Flor Silvestre (1943) y Salón México (1949) siempre vienen a la mente—, su legado se diluyó de a poco, dado que, por su tipo y edad, siempre le daban papeles secundarios. Ana Cruz me comenta: “Me he dado cuenta de que cuando estas mujeres no tienen hijos, su legado se pierde, y es el caso de Mimí: no tuvo descendencia. Hice un documental de Hermila Galindo, que fue la primera diputada que se postuló en el Congreso y secretaria de Venustiano Carranza, y su legado se pierde por lo mismo”. Tenemos que pensar en cómo la representatividad es mermada y violentada cuando se trata, por ejemplo, de adultos mayores, cuyos roles tendían a ser poco carismáticos, básicamente antagonistas. ¿Será que alguien va a escribir la historia de los villanos del cine mexicano sin darles bronca?
Si bien su complicidad con el cineasta Enrique Rosas parecía ser prometedora porque él era entonces uno de los cineastas más experimentados del país —como fotógrafo, exhibidor y director desde 1899—, el ambiente resultó poco prometedor para empresas cinematográficas locales, ya que entonces, como hoy, había renuencia en el público mexicano por ver su propio cine, prefiriendo el extranjero, que además ya tenía sólidas bases industriales con grandes capitales. El fracaso prematuro de Azteca Films le impidió a Derba volver a dirigir y reorientó su carrera hacia la actuación en teatro y la escritura. Pero su regreso sería triunfal: dio vida a Elvira, la dueña de la casa de citas a la que llega Santa (Lupita Tovar) después de ser expulsada de su pueblo en el primer filme sonoro mexicano —esto es, con tecnología mexicana de sonido óptico integrado— Santa (1932), dirigido por Antonio Moreno. Desde entonces se le puede ver y escuchar ese amargo rigor, ese constante tono de desaprobación que puso en jaque a todas las grandes estrellas del cine mexicano, una antítesis al tipo que Sara García cultivó por su lado durante la misma época.
Desafortunadamente, su trabajo como guionista y directora se perdió como muchos de los productos de la época silente del cine mundial y, al no existir la fuente original, sólo resta aguantarse e imaginar, pero sobre todo no dejar que las malas políticas de resguardo se coman más proyectos valiosos.
Los entretenimientos tradicionales veían como amenaza al cine, que presentaba una oportunidad para algunos visionarios y visionarias: se intuía que un país como México necesitaba industria y estrellas locales—a la usanza de las divas italianas como Francesca Bertini— pues las que posaban en su cielo hasta entonces eran todas extranjeras. Cuando Mimí Derba se dedicó de lleno al cine, arriesgando su herencia en la empresa con Rosas, abandonó de forma muy inteligente un espectáculo que intuía sería devorado por el cine—el cual disfrutaba—: obras de género chico, teatro de verso y la zarzuela al cual había dedicado harto empeño, incluso probando la dramaturgia. Todo ello mientras la Ciudad de México era invadida por los ejércitos en turno, zapatistas y villistas, sin que eso impidiera que las funciones de los teatros se abarrotaran y que después hiciera una temporada en Cuba. El salto al cine como argumentista, actriz y directora resultó demasiado “adelantado a su época” como para prosperar. Una sola compañía no hace industria y aún tendrían que pasar varios años para que la producción de películas fuese rentable. Más allá de su participación en la llamada Época de Oro, esos primeros fracasos menguaron durante un tiempo el interés en la figura de Derba. Si bien el rescate que de ella hace la comunidad académica es importante, no es sino hasta que el público se familiariza con un personaje que podría considerarse justamente redimido.

El paso de una ponencia a argumento novelado de un largometraje de ficción no podía ser fortuito. Ana Cruz ya estaba familiarizada con Mimí: en su momento, cuando el historiador Ángel Miquel escribía la biografía de Derba –publicada por Filmoteca de la UNAM en el año 2000 y actualizada en un texto nuevo publicado el año pasado por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos–, Ana Cruz trabajaba en la Cineteca Nacional y facilitó a Miquel la investigación en los acervos de ese archivo fílmico, participando también en la presentación. A ello podemos sumar que desde el 8 de abril de 2023, los foros de los Estudios Churubusco llevan los nombres de mujeres pioneras del cine. El Foro 1 fue bautizado “Mimí Derba” en un evento precedido por Ana Cruz y Busi Cortés, pionera también del cine experimental en el país. Ana contaba entonces con un par de contactos con su figura y un corpus relativamente amplio de investigaciones sobre Mimí que incluían, por ejemplo, un cortometraje documental producido por Filmoteca de la UNAM de la directora Alejandra Moya, a quien Ana contactó mientras escribía su ponencia.
Una vez abordada Mimí en el Diplomado de Estudios de Guion del IIFL de la UNAM con su respectivo congreso, el detonante final al proyecto creativo se da con la publicación de una convocatoria que prácticamente pedía la participación de Ana y, por extensión, de Mimí. Se trata de la primera edición de Jalisco LAB, una iniciativa de formación para la industria audiovisual impulsada por Netflix que incluye una convocatoria para proyectos de mujeres que adaptan una obra preexistente con su respectivo taller de una semana y con asesoras de Latinoamérica, todo con la posibilidad de que sea producido por la plataforma. La obra adaptada en cuestión sería el texto de Miquel. Al resultar seleccionada, vemos entonces cómo un texto académico se hace ficción al re-crear la identidad de Mimí para un nuevo formato con “personajes que no existen en el libro de Miquel o que sólo están mencionados. Como una hermana a la que yo le doy cara y cuerpo. El perfil psicológico de la propia Mimí también, que es algo en lo que Miquel casi no entra: nos dice, Mimí actuó, Mimí bailó, pero nunca nos dice, Mimí estaba triste”.
Aspectos que podrían no tener cabida en la investigación académica se ven complementados en el trabajo creativo y, a lo que el investigador puede narrar con hechos, los creadores agregan conjeturas sensibles y atrevidas con ese contenido emocional que las historias necesitan. “Yo le invento una historia a la hermana para que sea el opuesto de Mimí, ese mundo al que ella no quiere entrar porque su hermana se busca su novio y se casa y… bueno, yo le invento esa historia porque no sabemos nada de la hermana. Pero me permite a mí contar a mi personaje y eso fue un reto increíble”.
Ana Cruz nunca dejó de ver a la investigación como el fundamento: “Llámese reportaje periodístico, crónica o documental. Al principio de mi carrera abordé todos los géneros y pensé en dedicarme a eso antes de entrar de lleno a los medios de la televisión y el cine. Me gusta involucrarme tanto con investigadores como productores, escenógrafos, etc.”, porque tejiendo esas redes se aprovechan los vínculos que finalmente le dan un impulso importante al cine hecho en este país.
Referencias:
https://www.mexfilmarchive.com/

Entrevista a Ana Cruz, cineasta, promotora, escritora, alrededor de su trabajo sobre la también cineasta, guionista y actriz Mimí Derba, realizada en agosto de 2025.
Rafael Méndez García
Carrera y facultad: Lic. en Historia de la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.
Una semblanza breve: Entusiasta de lo que pasa, pasó y pasará en el cine; de la escritura; y de comer rico con la gente que quiero.

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